Cuando uno conversa con alguien, un sujeto, una persona, un individuo, advierte con excesiva facilidad, en la inmensa mayoría de los casos, que el sujeto en cuestión es un imbécil sin alma.
El sujeto o la sujeta es poco interesante, carece de sentido del humor, ni hablar de potencia expresiva. No le sucede nada más que un racimo de generalidades, no hay aspiraciones que superen la altura de un perro salchicha, ni desgarradoras tragedias. Predomina el gris. Cosas que a uno lo han atormentado a la edad de once años, serán ignoradas por el sujeto hasta casi finalizada su vida adulta.
Para resumir, habrá un poco de fútbol, un par de cumpleaños, un yogur que te hace cagar de inmediato, alguna crema para tapar las arrugas, según el caso. La mención de alguna playa.
Tal vez sea por eso que cuando me ves comprando un alfajor quedás perplejo, cuando me ves revolviendo un café con leche quedás apabullada, te parece que soy una de las personas más extraordinarias que viste en tu vida. Pero no te dejes engañar, no me asignes fantásticos atributos, ni descomunales capacidades. Es tu tremenda opacidad, yo casi no brillo.
Robado de acá.
miércoles, 7 de octubre de 2009
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1 comentario:
Buenísimo!!
Para tenerlo en cuenta!
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